
© Amitla Cuacuas Marcué
Para Amitla
Todas las tardes, el pintor sale a regar su flor. Le platica todo lo que hizo durante el día, a quién se encontró, cuáles son sus planes, en qué cuadro está trabajando. Una vez por semana le limpia sus hojas, le remueve la tierra, le pone un poco de abono. Sólo tiene una flor. Dos árboles y unos arbustos la acompañan. Su vecino, en cambio, tiene muchas. Le gusta la variedad y la abundancia: rosas, jazmines, azucenas, margaritas. En su jardín, apenas hay espacio para caminar entre todas ellas. Tres aspersores las riegan y un jardinero las poda dos veces por semana. De vez en cuando, el vecino elige una como favorita. La cuida y riega él mismo, la acaricia a diario, le da brillo a sus hojas. Nunca le habla. Cuando se ve más hermosa, la corta y se la lleva a su casa. Las otras, desde la ventana, la ven con envidia morir en un esbelto florero de cristal.
El pintor, en nueve cuadros y muchísimos bocetos, tiene en casa a su flor. Le gusta pintarla en diferentes momentos del día, capturar su color en primavera y su madurez en temporada de lluvias. El vecino, que no entiende por qué sólo una habiendo tantas y tan bellas, le ha pedido retratos de las suyas. El pintor ha puesto sólo una condición: que elija aquella que podría ver todos los días sin aburrirse, aquella cuya belleza y encanto fueran suficientes para llenarle de color todas las noches. El vecino lleva meses decidiendo. Corta varias, las observa desde su cama, al amanecer, antes de dormir, y cuando elige una, ya está a punto de morir, y vuelve a su búsqueda.
Llega el invierno. Dicen que será el más frío en décadas. El pintor remueve la tierra, pone abono especial y cubre la flor. Ha creado un pequeñísimo invernadero en su jardín. El vecino prefiere buscar el sol: se va a pasar las vacaciones a la playa.
Caen heladas, granizo. Todos las mañanas, el pintor sale a ver su flor, quita el hielo, renueva el plástico que la cubre. Triste, impotente, observa al jardinero del vecino recoger hielo y cadáveres dos veces por semana.
A su regreso, el vecino encuentra sólo matorrales y hojas podridas en su tierra. No le queda ni una sola flor. Ni siquiera en un cuadro.