julio 13, 2009

Penélope

Ella caza frases. Se sienta en su balcón y espera. De pronto aparecen tres o cuatro y tiene que apurarse para que no se le escapen. Las atrapa con una red finísima y luego las suelta sobre la hoja. No las diseca, ni las fija con alfileres. Ellas vuelan hasta cansarse y encontrar su sitio. Algunas frases se van porque no hallan acomodo entre los huesos del papel. Otras se montan al lomo de su ojo, o de su oreja, y se pelean por ser la frase final de la historia que ella ha ido tejiendo. Pero el final no llega nunca.

Lo cierto es que a ella no se le miran intenciones de acabar su historia. La gente que pasa y la ve en el balcón observando alguna partícula invisible en el aire dice que está un poco loca; los magos y viejos aseguran que lo suyo es esperar, cazar frases, soltarlas sobre el papel, verlas revolotear o huir, y tejer con sus ruidos y silencios una porción del infinito.

julio 02, 2009

Dos jardines

© Amitla Cuacuas Marcué

Para Amitla

Todas las tardes, el pintor sale a regar su flor. Le platica todo lo que hizo durante el día, a quién se encontró, cuáles son sus planes, en qué cuadro está trabajando. Una vez por semana le limpia sus hojas, le remueve la tierra, le pone un poco de abono. Sólo tiene una flor. Dos árboles y unos arbustos la acompañan. Su vecino, en cambio, tiene muchas. Le gusta la variedad y la abundancia: rosas, jazmines, azucenas, margaritas. En su jardín, apenas hay espacio para caminar entre todas ellas. Tres aspersores las riegan y un jardinero las poda dos veces por semana. De vez en cuando, el vecino elige una como favorita. La cuida y riega él mismo, la acaricia a diario, le da brillo a sus hojas. Nunca le habla. Cuando se ve más hermosa, la corta y se la lleva a su casa. Las otras, desde la ventana, la ven con envidia morir en un esbelto florero de cristal.

El pintor, en nueve cuadros y muchísimos bocetos, tiene en casa a su flor. Le gusta pintarla en diferentes momentos del día, capturar su color en primavera y su madurez en temporada de lluvias. El vecino, que no entiende por qué sólo una habiendo tantas y tan bellas, le ha pedido retratos de las suyas. El pintor ha puesto sólo una condición: que elija aquella que podría ver todos los días sin aburrirse, aquella cuya belleza y encanto fueran suficientes para llenarle de color todas las noches. El vecino lleva meses decidiendo. Corta varias, las observa desde su cama, al amanecer, antes de dormir, y cuando elige una, ya está a punto de morir, y vuelve a su búsqueda.

Llega el invierno. Dicen que será el más frío en décadas. El pintor remueve la tierra, pone abono especial y cubre la flor. Ha creado un pequeñísimo invernadero en su jardín. El vecino prefiere buscar el sol: se va a pasar las vacaciones a la playa.

Caen heladas, granizo. Todos las mañanas, el pintor sale a ver su flor, quita el hielo, renueva el plástico que la cubre. Triste, impotente, observa al jardinero del vecino recoger hielo y cadáveres dos veces por semana.

A su regreso, el vecino encuentra sólo matorrales y hojas podridas en su tierra. No le queda ni una sola flor. Ni siquiera en un cuadro.

junio 21, 2009

Metamorfosis

© Monserrat Loyde


A Monse, un sueño.

Abro los ojos y me sorprende ver flores y plantas enormes a mi alrededor. Respiro: sí, huele a hierba y a sol, a néctar de flor recién abierta. Sacudo la cabeza y las lagañas caen: el paisaje es glorioso. Pétalos rojos, morados y lilas salpican los dedos verdes del prado. Intento recordar dónde estoy, cómo llegué aquí. Lo único que la memoria me trae, con cierto ardor en la piel, es la pesadilla que siempre sueño, que seguro soñé anoche: mi cuerpo, devorado por una enfermedad terrible, se deforma: me crecen bolas, se me caen las piernas, los brazos, termino como una oruga gigante soltando grandes cantidades de una baba espesa. Sólo de recordarlo siento mi espalda pegajosa. Me da picazón, quiero rascarme pero no alcanzo a mover mis manos. No las siento. Los brazos me pesan como si llevaran dos telas mojadas colgando. Una mariposa amarilla, enorme, se acerca:

—Aún no terminan de secarse tus alas.

Muevo con fuerza lo que debieran ser mis brazos y las veo: blancas, delgadas, con un filo negro en la orilla y un lunar en cada lado.

—¿Estoy soñando?

La mariposa ríe y mira hacia un punto en el cielo, quizá su destino:

—Todas nosotras somos sueños. Los sueños en los que se convierten las más fieras pesadillas.

Mueve sus alas con cierto orgullo, y vuela.

junio 16, 2009

La casa amarilla

©Dante Busquets, Calle Rosario, Gijón.

A Dante por la calle, a Cane por el duende.

En la casa amarilla duerme un duende. Todos lo saben en la calle Rosario, por eso pasan de puntitas frente a ella; callan como si temieran despertar a un muerto. Aún lejos, al escuchar el repentino silencio, uno puede adivinar a qué altura de la cuadra va un grupo de jóvenes que regresa del bar. Amanece. El tiempo se desgrana como reloj de arena en una torre imaginaria. El pueblo todo contiene la respiración unos segundos. ¿Despertará? Se preguntan los despiertos. Las aves retuercen sus alas y gargantas. Nadie puede callarlas. El sol apenas asoma uno de sus dedos y todos sienten alivio, los que sueñan y los que miran sus relojes. El duende sigue dormido y Rosario, la calle completa, se va poblando de pasos y rutinas. Un par de niños, los más curiosos, se quedan un rato adivinando detrás de qué ventana está el duende. Uno de ellos intenta arrojar una canica y el otro lo detiene. No quiere despertarlo. Dicen que es travieso y necio como un huérfano, que enojado destruye todo cuanto ve, que deshizo autos y puertas en un berrinche, y sólo Yamín, la niña rara de la casa amarilla, fue capaz de calmarlo, lo tomó de la mano y se lo llevó. Desde entonces vive en su casa. Ella dice que es bueno, que duerme, y se queda con él cuidando su sueño. No va al colegio ni juega en la calle. De vez en cuando se asoma con el índice cruzando sus labios si los niños se olvidan y gritan o pasan riendo. Los padres dicen que no existe, que su hija desapareció a los nueve años cuando un loco destruyó los autos y las puertas alrededor del parque donde Yamín jugaba. Todos en la calle Rosario piensan que el duende, antes de dormir, enloqueció a los pobres viejos.

junio 07, 2009

Construcciones sobre el ojo


Construcciones sobre el ojo No.5 Edgar Ladrón de Guevara

En este pequeño cráter cabe el orbe entero. Algo en sus bordes da vértigo, perturba. Parece un hoyo negro en medio de la carne. Un grito mudo. Tal vez es la boca del ojo, la fuente de todas sus tristezas. O quizá el sexo abierto de un cuerpo que espera. Es todo lo que podemos ver, lo que imaginamos, lo que nunca habíamos visto.

Tomar una fotografía es resaltar un instante o un detalle que para otros ha pasado de largo, ese doblez en la vieja cortina de un teatro, o los pliegues de la sombra cayendo como lluvia sobre un muro rugoso. Pero lo cierto es que en la fotografía, aunque nos muestra un trozo de realidad, hay siempre invención: el fotógrafo descubre y en su encuadre compone. Vemos lo que él nos muestra, lo que su ojo busca y, al encontrar, construye. El encuentro con el instante, con el detalle, nunca es totalmente fortuito; y Edgar Ladrón de Guevara lo sabe de sobra, por eso no sale a las calles a cazar arrugas en el asfalto ni a buscar atardeceres en los rostros del metro. No, Edgar nos muestra que cada ojo crea sus propios universos, que no hay azar ni fortuna en la mirada, sólo, tal vez, como decía Stravinsky, el “presagio de un descubrimiento”. No le interesan retratos ni líneas que sean límites: los ojos que construye no tienen contornos, se expanden o compactan, se pulverizan como tierra en la ventisca.


Construcciones sobre el ojo No.1 Edgar Ladrón de Guevara

2

A punto del beso, o quizá del sueño, un pensamiento dulce cierra el ojo. No se ve mucho más, sólo el trazo de pestañas muy juntas y el montículo que guarda la esfera ocular con su cámara minúscula. La piel terrosa del párpado es la manta de ese ojo, casi dormido que, sospechamos, algo mira por dentro. Y nosotros no podemos dejar de observarlo. Algo en él nos seduce. Tal vez lo que nos oculta: su transparencia, el color y la opacidad de sus deseos. Este ojo tiene esa belleza peculiar de los momentos amorosos, ese misterio que crece en toda entrega. No sabemos cómo, al verlo, sentimos su respiración, el ritmo suave de sus afectos. Y esa es una de las mayores cualidades de Ladrón de Guevara: en cada una de sus piezas podemos percibir el ritmo de un instante, descifrarlo como frase de un poema sinfónico. Porque él no piensa en imágenes aisladas, crea lienzos completos engarzando piezas que narran distintos latidos de la vida. Estos ojos, sembrados en línea, son eso, un poema sinfónico, parece que inspirado en una pesadilla. Dice que una noche soñó extrañas figuras que lo acechaban, no podía distinguir sus elementos pero sabía que eran ojos. Así nació la idea de formar esta instalación de pestañas, lacrimales, párpados. Fotografías antifotográficas, unas veces explícitas, otras, tan abstractas que apenas si reconocemos en ellas algo humano. Ojos a detalle que Ladrón de Guevara fue construyendo, tratando con diferentes colores buscando en cada uno su tono vital, su textura anímica. A veces es obvio lo que mira, lo que nos mira, otras nos extiende indescifrables mapas de sombras, agujeros negros donde caer.

(Artículo publicado en Este País, junio, 2009)

mayo 31, 2009

Flecha rota

A Mayán, por supuesto.

Viene como una flecha rota: zigzagueante, impreciso. Lo dejo acercarse, decir unas palabras, tropezarse con mis ojos. Sonrío. Él cree que es una señal y me toma el brazo con sus dedos fríos. Lentamente retiro su mano. Sonrío de nuevo. Por supuesto él cree entenderlo todo y me da su tarjeta:

—Llámame.

*

Llego tarde a la boda. Me conduzco hacia el único lugar disponible en una de las mesas del fondo. Al acercarme, escucho mi nombre. Es él que está sentado a un lado de la silla vacía. Me saluda efusivo. Platicamos del único tema común: los novios. Antes del postre me toma la mano. Habla de mi voz, de mi extraordinario cuello. Imagino una jirafa enronquecida y decido marcharme. Con la seguridad de que será bien recibido, se aproxima. Titubea. Me da un beso. Sus labios secos arañan mi mejilla.

—Llámame

*

Después de tres meses, nos volvemos a encontrar. Me saluda con el entusiasmo de quien ya conoce el lado tibio de mis sábanas. No me extraña. El amigo que lo acompaña parece entender ese mensaje y me estrecha la mano por más tiempo del que debiera. Los dos me dicen cosas que imaginan interesantes mientras cada uno cree descifrar con certeza los símbolos de mi sonrisa. Antes de marcharse, el amigo me dirige un guiño mientras él se despide muy cerca de mi oreja:

—Llámame.

*

Alguien me observa. No distingo bien su rostro. Las sombras móviles del bar parecen cambiarle cada segundo el gesto. Se acerca. Lo reconozco pero no le digo nada. La horizontalidad de mi boca lo hace titubear:

—¿Te acuerdas de mí?, nos conocimos hace dos años, en un concierto.

Mi memoria se ríe y pierde su nombre. Él lo pronuncia dos veces con la certidumbre de que ya no se me olvidará jamás. Me explica algo de sus trabajos. Saca una tarjeta, escribe números, direcciones, arrobas y me la da:

—Escríbeme.

*

Abro mi agenda. Paso de un nombre a otro recordando caras, señas particulares, voces. Miro el teléfono. Al hojear de nuevo la libreta, cae una tarjeta al suelo: números, direcciones, arrobas. Marco. Él me contesta algo asombrado. Hablamos sobre el concierto, sobre los novios: ¡ya cumplieron dos años de casados! Reímos. Lo invito a mi recital. Lástima, el viernes tiene un compromiso de trabajo. El siguiente fin de semana estará muy ocupado. Tal vez en quince días:

—No dejes de llamarme.

Cuelgo.


mayo 26, 2009

Uñas


Mónica no quiere salir. Se mira las uñas como si en su irregularidad encontrara las respuestas del universo. Y sí, encuentra una: la feminidad nunca le llegó hasta ahí: odia el barniz y las limas y las tijeras especiales para cortar la cutícula. No sabe por qué (esa respuesta no la ha encontrado aún) pero siempre ha asociado el esmalte en las uñas con la proclividad al desliz, las diminutas faldas de leopardo y los escotes prominentes. Nada que ver con el atuendo de todas sus amigas que se hacen manicure cada semana, y cambian de color según la temporada, el evento o la pareja. Pero lo que más le molesta es el tamaño. De las uñas, por supuesto. Mónica no soporta que le crezcan. Una, dos o tres veces por semana, según el nivel de neurosis, el corta uñas cumple puntualmente su función. Ella nunca se las come, pero sí se arranca los pellejos. A veces se le hinchan los dedos, le sangran. Entonces sabe que es hora de ver a Tin Tan o de ponerse a bailar como Vitola.

Mónica escribe todo esto y se ríe. Qué tonterías se le ocurren con tal de no decir nada. Nada importante: lo que siente por aquella sonrisa, lo que piensa del silencio o de las tardes inútiles, de la escritura y sus aburridas historias. No, Mónica no quiere salir. Hoy prefiere verse las uñas, sacar la mugre de un lugar preciso, cortar y concentrarse, al fin, en no hacer ni decir absolutamente nada.

mayo 16, 2009

Murmullos de Juan Rulfo


Foto: Rogelio Cuéllar

A mi padre, admirador de Rulfo, en el cumpleaños de ambos.

Dicen que no nació donde nació, que a él le gustaba esconderse en sus historias. Sí, dicen que Juan Rulfo era una aparición de Juan Rulfo, por eso se inventaba biografías. Otros aseguran que no, que era una ánima en las calles de Comala que le dio por escribir el aliento de los muertos. Y de los vivos que aún no saben que están muertos. Y de todos los ruidos del dolor y de las ganas en el tallar de los cuerpos. Dicen que miraba mucho el cielo y que ahí encontraba las figuras de sus difuntos, que se quedaba horas sentado en una piedra escuchando los chillidos del aire entre las rocas. Dicen que era callado, que sólo entre silencios y murmullos se movía, pero otros dicen que no es cierto, que colgaba frases lapidarias por todas partes, como quien sabe de los rumores de las sombras y los reparte entre la gente.
Dicen que escribía con la tierra entre los dedos, arañando los huesos enterrados, siguiendo las huellas del sol sobre los muros. Lo cierto es que sus historias nos abren el tacto de la mirada, la vista del oído, nos meten el paisaje seco entre los huesos, nos arrastran por la tierra, nos muestran, así como si nada, en una puerta, en el filo de una arruga, el perverso rencor del tiempo.
Hay quienes dicen que Rulfo era de esos escritores que ni en sueños uno puede seguirles el rastro, que su voz se nos queda pegada, pera nadie es capaz de pronunciarla.
Algunos aseguran que Pedro Páramo le quebró los dedos, que el sol de Comala le quemó las letras. Pero la verdad es que él seguía escribiendo, hablando con sus fantasmas, viviendo con los ojos y el tacto y la garganta a la altura de su cielo. Y retrataba los chorros de luz sobre una piedra, los tejidos de un tronco, la sonoridad de una tumba. Dicen que le gustaba mirar de cerquita la edad de los muros, la piel delgada de una hoja, la rugosa superficie de un gesto. Hay quienes aseguran que murió hace casi veinte años, pero algunos juran que a Rulfo se le ve en ese andar a tientas por el aire, en nuestro esquivo caminar por la penumbra entre alegres calacas de azúcar y amaranto. Porque los muertos regresan para decirnos que aquí no pasa nada, que aquí no vive nadie, que todos somos espectros, apariciones de un tal Juan Rulfo.



mayo 10, 2009

Herencia

Esa noche, tu reloj de pulsera se detuvo justo en el momento en que entraste a la vecindad. Antes de dármelo, lo miraste: 7:15 p.m. Sabías que a esas horas el hombre, tu hombre, al que nunca quise llamar padre, estaría ya borracho. Y sí, lo estaba. Desde el patio se escuchaban los gemidos. Al subir, lo vimos golpear la puerta con los puños, como si en la madera  estuviera estampada la imagen del zurdo ése que le tumbó de un trancazo los dientes y su título de peso gallo.  Tú te quedaste en la escalera para mirarlo trastabillar, sonrojarse, maldecirte. Sonreías: quizá pensabas que terminaría demasiado cansado para echársete encima. Yo, con mis seis años, parada detrás de ti, no entendía tu pequeña venganza. 
El hombre seguía gritando mientras, a sus espaldas, jugabas con las llaves. Sabías que él no venía por ti, sólo por su asquerosa dentadura con incrustaciones de brillantes y oro que desgranaba a cambio de los tragos. Mucho tiempo después entendí por qué dejabas el vaso con sus falsos colmillos muy cerca de la ventana y te divertía verlo arañar el vidrio, implorándote. Pero esa noche, él rompió el cristal de un puñetazo y con torpes movimientos trató de recuperar su orgullo bucal. Lo único que obtuvo fueron vidrios incrustados en el brazo. 
Tú lo viste caer, manchar con su sangre el desgastado “bienvenidos” del tapete. Lo oíste gemir y, sin mirarlo más, brincaste su cuerpo y entraste a la casa. Yo me quedé quieta, mirando cómo sacabas la dentadura del vaso y metías algo de ropa en una bolsa. 
Nos mudamos lejos. Otras casas, otros pueblos, otros hombres no borraron la memoria de los golpes. ¿Cómo podía olvidar si a donde quiera que íbamos llevabas entre tu ropa los malditos dientes? Yo sabía que no valían mucho —ni siquiera creo que alcancen para pagar tu entierro— pero tú te empeñabas en guardarlos: Son tu herencia, me decías. 
Ahora que leo el improvisado testamento que me dejaste en una hoja de libreta, junto a la dentadura, al fin comprendo que te fueron útiles: “No los vendas, enséñalos a todos tus hombres y nunca nadie te hará daño”.